Hinchas de nuestra hinchada (sobre todo de visitantes)

Deportes
Lectura

En mi habitación de adolescente tenía una tira con páginas de diarios que cubría todo el largo de una pared. Eran páginas que yo arrancaba o recortaba especialmente, la mayoría en

color, una novedad en los 90. En ninguna había un jugador: todas eran de la hinchada de Racing.

Eran tiempos en que no había mucho de qué enorgullecerse dentro de la cancha: nuestros años de quiebra, del juez Gorostegui autorizando a que jugara el equipo desde un despacho en La Plata, de malaria institucional y deportiva.

Lo único que teníamos –o que nos quedaba– era nosotros, nosotras, nuestra pasión inexplicable. Éramos casi un slogan rockero aplicado a las tribunas del fútbol: los mismos de siempre. Yo iba con mi viejo, que me llevaba a todos lados, me mostraba ese mundo fascinante que tenía siempre a Racing y su sufrida gente en el centro. Éramos, como alguna vez escribió el periodista Alejandro Wall, hinchas de nuestra hinchada. Con todo lo bueno y con todo lo malo que eso implicaba.

Lo único que teníamos –o que nos quedaba– era nosotros, nosotras, nuestra pasión inexplicable. Éramos casi un slogan rockero aplicado a las tribunas del fútbol: los mismos de siempre

BANER MTV 1

Me acuerdo que uno de esos recortes de diarios era en la Bombonera: las dos tribunas visitantes hasta las manos, banderas, globos y una postal de la liturgia futbolera en los sinuosos tiempos de El Aguante. También me acuerdo que en 2001, cuando estaba en el tercer año de la secundaria, diseminaba con orgullo entre mis amigos cuervos –con los que siempre nos disputábamos quién llevaba más gente, nunca quién jugaba más lindo o mejor– un comentario que había escuchado en la tele: que el Boca de Mauricio Macri le podía dar al Racing de su amigo Fernando Marin tres bandejas, dado que el local no jugaba por nada y el equipo de Mostaza se encaminaba a un título después de 35 años.

Ese comentario, como tantos otros, nunca se concretó, pero a mí no me importaba: la mera posibilidad o rumor ya me generaba orgullo. Tres bandejas en La Boca, lo que nadie había logrado –ni siquiera River–, lo podíamos lograr nosotros, los hinchas de Racing.

En las últimas horas me vengo acordando de aquellos años. Desde que tengo la entrada para ingresar a la popular en el estadio de Lanús siento la adrenalina que sentía de adolescente cuando íbamos con mi viejo al Monumental, al Bajo Flores o a la Doble Visera. Tiempos en los que ver a nuestros equipos de visitante era una norma, no una excepcionalidad.

Ya no hay filas de varias cuadras para sacar una entrada y no sale diez pesos la popular. Ahora las filas son virtuales y el precio, 3.500 pesos. Sin embargo, el fin es el mismo de antes: volver a ver a Racing en un clásico, en un estadio distinto al Cilindro de Avellaneda, con casi 20 mil personas del otro equipo enfrente. Ojalá estemos a la altura y no rompamos, otra vez, el juguete.