Angustia por la crisis climática dispara casos de "ecoansiedad"

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Los últimos cinco años fueron los más cálidos jamás registrados, según un informe de la ONU. La Antártida y el Artico pierden billones de toneladas de hielo cada año, y las costas son devoradas por el crecimiento de los mares. Los científicos advierten lluvias más intensas a medida que el planeta se calienta. Los informes sobre eventos climáticos extremos no cesan, y generan preocupación y estrés por el futuro.

La Asociación Estadounidense de Psicología (APA por sus siglas en inglés) ya habla de ansiedad climática o “ecoansiedad” para referirse al “miedo crónico a un cataclismo ambiental global”. Y lo define como el estrés causado por “observar los impactos aparentemente irrevocables del cambio climático, y preocuparse por el futuro de uno mismo y las generaciones futuras”.

Este temor afecta sobre todo a los niños. “Me dan miedo las montañas gigantes de basura y me pregunto cuánto tiempo tardarán en desintegrarse”, dice Facundo Juiz, de 8 años, y agrega: “Más basura es menos vida”. Tiago de Almeyda, de 9, pregunta constantemente si los tornados pueden ocurrir en Buenos Aires, y Rocío Díaz, de 12, cuando llueve tiene miedo de que se vuele el techo, lo que le hace sentir pánico cuando hay tormentas. Cada vez más chicos expresan en el ámbito familiar estos temores o preocupaciones sobre las consecuencias del cambio climático.

“Los pequeños no tienen desarrollada la tolerancia a la incertidumbre, ya que esto ocurre en el transcurso de los años con las frustraciones. Tenemos que darles certidumbres sobre el futuro”, explica el médico especialista en psiquiatría Enzo Cascardo, director del Centro de Investigaciones Médicas de la Ansiedad. “La globalización y la generalización de la información hacen que todos nos preocupemos, los chicos también. Pero ellos no pueden procesar las preocupaciones como los adultos. Los padres deben encontrar la forma de concientizar a los niños teniendo en cuenta la edad y el momento evolutivo. Deben formar personas capaces de ocuparse en vez de preocuparse”, agregó.

A diferencia de otros países, como el Reino Unido, donde investigadores de la Universidad de Bath y miembros de la Alianza de Psicología Climática (CPA) aseguran que cada vez más niños y adolescentes reciben tratamiento con medicamentos psiquiátricos para disminuir el estrés y el agotamiento emocional provocado por la ecoansiedad, en Argentina la opinión de los especialistas es muy diferente. “Un niño solo debe ser medicado si presenta un trastorno de ansiedad o de estado de ánimo bien definido”, aclara el médico psiquiatra Cascardo.

Según los expertos, este fenómeno no debe ser considerado un trastorno mental. “Hablamos de trastorno cuando el miedo es tan grande que es imposible seguir con la rutina normal”, explica la psicóloga especialista en niños María Girado. “La ecoansiedad no forma parte de los manuales de salud mental”, agrega.

Acciones. La sueca Greta Thunberg tenía 11 años cuando sufrió depresión por los desastres ambientales que generaba el cambio climático. Sin embargo, decidió que la mejor manera de superarla era involucrarse y marcar una diferencia. En agosto de 2018 comenzó una protesta frente a la sede del Parlamento en Estocolmo, todos los viernes, con una pancarta escrita a mano para exigir a los políticos acciones concretas contra la crisis climática. Su accionar fue ejemplo para muchas personas que decidieron sumarse al movimiento Fridays For Future.

Para Cristina Chotro, psicoterapeuta infantil, no hay que dar una mirada catastrófica sino hablar con los chicos y orientarlos de manera realista. “Debemos decirles que existen soluciones y que hay personas y organizaciones que se están ocupando del tema. Hablarles con criterio realista”, sostuvo.

Mientras, el académico David Sobel, autor del libro Beyond Ecophobia, sostiene que debe haber un equilibrio entre el miedo, el conocimiento y la esperanza. Y que la mejor manera de que los niños pierdan el miedo es involucrarlos en experiencias en la naturaleza. “Debemos permitirles amar la tierra antes de pedirles que la salven”, concluye Sobel en su libro.