París vive un verano inédito, sin turistas extranjeros por primera vez en décadas

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Los pocos bares abiertos de los Campos Elíseos están desiertos, con mozos en la vereda que invitan a tomar un café en su interior. Una desolación. En la esquina Art Decó

de Louis Vuitton solo hay una fila de franceses, que visitan este ícono del lujo por primera vez en su vida. Ni un japonés o chino a la vista. Las bicicletas reinan sin reglas en París.

Los ciclistas insultan a los peatones y tienen monumentales peleas con taxistas y automovilistas. La policía media. Es el mayor stress en una ciudad vacía de turistas, casi irreal, y con solo el 30 por ciento de sus hoteles abiertos. Agosto no será lo mismo en Paris pos coronavirus y con la amenaza de una segunda ola, que puede llegar en plenas vacaciones de verano europeas.

Sin asiáticos, sin norteamericanos, sin brasileños, París es hoy para los parisinos y los franceses, que han inundado las terrazas tradicionales de restaurantes y cafés y disfrutan del sol, de los reencuentros, mayoritariamente sin máscaras que los protejan, y sin distancia social.

Es como si el virus que los cuarentenó y les congeló su estilo de vida no hubiese existido en este verano, cuando el termómetro está en 40 grados y tolerar el tapa boca se vuelve insoportable. Solo lo usan los vulnerables o donde es obligatorio como en los supermercados, los bancos, los establecimientos y hospitales.

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Una fila frente al local de Louis Vuitton, en París, este viernes. /Noel Smart

Una fila frente al local de Louis Vuitton, en París, este viernes. /Noel Smart

Los que ganan y los que pierden

El restaurante Grand Coeur, del chef franco argentino Mauro Colagreco, desbordaba de gente el jueves por la noche. A causa de la distancia social obligatoria entre mesa y mesa, su terraza ahora ocupa completa la magnífica Cours de la Dance en Marais. Ni las modelos de los Fashion Show ni los japoneses con su guía en la mano que sacan selfies con los platos. Era una nube de parisinos, que saboreaba el tradicional Souris d´agneau y el chocolate blanco con yogurt y maracuyá, en un espacio Xlarge.

Su historia y de la de su personal era la que la pandemia produjo en cada restaurante de París. Nino, el chef italiano, consiguió aterrizar en Palm Beach a abrir el otro restaurante de Mauro poco antes del virus. Llegaron como nuevos chefs Juan y Facundo, colombiano y cordobés respectivamente, y se quedaron dos meses confinados. Como los mozos: Martín, el ingeniero agrónomo, que no podía regresar a Argentina y pudo vivir en casa de Pablo, otro de ellos, porque su mujer chilena quedó varada cuatro meses en Santiago.

Bicicletas y monopatines se hacen lugar en París, con calles cerradas al tránsito como parte de las restricciones por el Covid-19./ Noel Smart

Bicicletas y monopatines se hacen lugar en París, con calles cerradas al tránsito como parte de las restricciones por el Covid-19./ Noel Smart

La vida con el virus. Ahora esperan que la economía despegue y no vuelva el coronavirus, cuando el PBI francés ha caído el 13,8 por ciento en el segundo trimestre. Un récord sin igual.

El Café Flore, donde se reúnen todos los intelectuales y políticos franceses, es solo para parisinos en estos tiempos. No los perturban los turistas norteamericanos reclamando club sándwich ni los chinos. Sus mesas se extienden sobre toda la vereda hasta la librería, hasta que pasen tres meses de la pandemia, en una graciosa concesión de la alcaldesa de Paris, Anne Hidalgo, para ayudar a los comerciantes en su crisis económica. Pero la ecología prohibirá los calefactores de gas de las veredas en invierno. “¿Es que nos va a obligar a cerrar?", se preguntó el mozo del Café Flore.

Enfrente, el café Armani está cerrado, al igual que la tradicional brasserie Lipp, en cuya puerta duermen dos vagabundos. En el boulevard St Germain se siente la crisis: hay negocios que no volverán a abrir. Desde cafés a galerías de arte, restaurantes y estudios de arquitectos.

Poca gente frente al Museo del Louvre, en París, este viernes. En pleno verano europeo, los turistas extranjeros desaparecieron de la capital francesa./ BLOOMBERG

Poca gente frente al Museo del Louvre, en París, este viernes. En pleno verano europeo, los turistas extranjeros desaparecieron de la capital francesa./ BLOOMBERG

Francia es un país que recibe 60 millones de turistas al año. Han desaparecido. Su termómetro son los Campos Elíseos, un páramo. Le Fouquet’s, el hotel y brasserie destruido por los Chalecos Amarillos y reconstruido, ha vuelto a cerrar. Cartie recién volvió abrir ahora. George X, el café de la avenida, está desierto.

“Ha sido muy difícil y nosotros teníamos cierto respaldo para resistir. Muchos no podrán volver a abrir. Fíjese: ni un americano, ni un chino ni un árabe. Solo la gente de la banlieu (los suburbios) que llega en tren a pasear por la avenida. Nosotros sin propinas no vivimos”, admite el mozo mientras invita a los pocos que pasean a tomar un café en la desolada terraza. Jamás visto en la avenida más linda del mundo.

Dos Ferrari Testarosa esperan a un turista que nunca llega frente al cerrado Fouquets. Por media hora y a 160 euros, ellos sentían que pertenecían a un mundo inalcanzable. “Hace meses que no vemos un turista. A los franceses este paseo no les interesa”, admite uno de sus choferes.

¿Segunda ola?

Pocos escuchan el alerta del ministro de salud francés Oliver Véran, que recomienda a todos el uso de máscaras, para evitar un reinicio de los contagios. “Francia no está en una segunda ola del coronavirus pero no debemos permitirla ahora”, pidió. Llamó a respetar los llamados “gestos barrera”: barbijos, lavarse las manos, el gel.

“Los franceses han vivido meses extremos. Ellos necesitan descansar, tomar distancia. Pero no podemos permitir que el virus vuelva ahora. El trabajo que ha sido hecho por los franceses, que ha permitido salvar tantas vidas, debe continuar este verano, aún cuando estamos hartos, cuando estamos con los amigos, con la familias”, pidió el ministro. ”La OMS reconoce después de algunos días que hay un serio riesgo de transmisión aérea del virus. Si hay concentración de personas, yo recomiendo el uso de máscaras”, remarcó el ministro.

Habitantes de París disfrutan el sol en un parque público, / Noel Smart

Habitantes de París disfrutan el sol en un parque público, / Noel Smart

La preocupación es natural. Hay “clusters” emergentes, que son señales de alerta en algunos hospitales, con una tendencia a aumentar el número de admisiones. Hay un aumento de test positivos y se han registrado un cierto número de diagnósticos entre los más jóvenes, que inquieta. Si bien nadie quiere reconfinar, nadie descarta ninguna medida extrema si es necesaria.

Sin vacaciones

Un sondeo de OpinionWay sostiene que el 54 por ciento der los franceses no han previsto vacaciones de verano este año. Siete de diez millones de franceses decidieron no tomarse vacaciones hasta ahora. No fueron al interior de Francia, ni a la costa ni a otros países. Se quedaron en su casa, tratando de llevar una vida normal, reencontrándose con los amigos o visitando a su familia y conservando el trabajo, cuando el desempleo ya golpea a las clases medias y medias altas.

“No puedo seguir empleándola. Perdí mi trabajo”, le dijo Raphael, su patrón de los últimos 10 años a Cecilia, una empleada doméstica de Cabo verde, que limpiaba su casa tres veces por semana. Era el mánager de una empresa de autopartes de automóvil, una de las más afectadas por la crisis. Otros han perdido sus pequeñas empresas.

Las mucamas y las niñeras son las que más sufrieron durante el Covid y el post Covid. Declaradas o no ante la seguridad social, las familias temían el contagio y cortaron sus servicios durante meses. Ellas no tenían ningún ingreso, aunque eran las más vulnerables. Algunos recibieron el desempleo parcial del 80 por ciento pero otros no obtuvieron nada.

“Cinco familias me pidieron que no fuera más a trabajar. No sé que pasará en septiembre, si podré recuperar mis trabajos. Pero el Covid fue muy difícil para mí porque soy la que mantiene la casa. Mis hijos estudian y mi marido está desempleado”, contó Cecilia a Clarín.

Una ciudad para bicicletas

París se ha transformado en una senda ciclista. Con los transportes públicos bajo el riesgo de infección, mayoritariamente la bicicleta ha sido adoptada como el método de transporte de este verano. Pero la alcalde lo ha hecho en desmedro de los vulnerables, de los ancianos, de las urgencias médicas, al cerrar calles que permiten a Paris vaciarse rápido a la hora de la salida del trabajo. Su idea es prohibir los autos. Una guerra urbana entre taxistas, ciclistas y peatones ha estallado.

“Se ha vuelto invivible París. Es solo para los jóvenes. Las bicicletas no tienen leyes, no respetan las luces rojas, no tienen reglas. Hay accidentes todo el tiempo, heridos graves, hasta muertos. Nadie reacciona. Los ciclistas no respetan los peatones, no dejan a la gente bajar de los taxis, los insultan, se creen con derecho a todo. Son como una dictadura. No hay turistas. Se acaba el trabajo. Yo he decidido irme a vivir en un pueblito cerca de Fontanbleau. Nací y me crié aquí pero Paris y no nos pertenece”, admite Cedric, un arquitecto transformado en taxista.

Los test para detectar el Covid son indispensables pero es muy difícil conseguir turno en París. Pueden pasar semanas hasta obtenerlo, salvo los que llegan a Paris Plage, donde los hacen gratis, tras horas de cola. ¿La solución rápida? El legendario American Hospital. El turno es inmediato. En 24 horas está el resultado para el Covid-19 y para saber si tiene anti cuerpos por 79 euros.

París, corresponsal