El patrón del mal: la historia del productor ganadero que envenenaba a sus empleados

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Ramón Ignacio Casas (55) temía por su vida. Unos días antes de

ser asesinado reunió a su familia. Les quería contar algo que lo angustiaba: su patrón lo había amenazado e incluso llegó a notar que le apuntó desde lejos con un rifle cuando andaba a caballo por el cerro. "Si me pasa algo malo desconfíen de él", les dijo.

El 22 de octubre de 2018 apareció muerto en una casa de la finca "El Salto", en la provincia de Salta, donde trabajaba hacía cinco años. En el comedor hallaron una botella y restos de comida. La operación de autopsia descartó una muerte natural. Lo habían envenenado.

Hartmund Theobald (48), un productor ganadero de origen alemán pero que hace 40 años está radicado en Argentina, fue acusado por el crimen. Está preso desde octubre de 2018. Hoy comenzó a ser juzgado por esta muerte y por intentar matar a otro empleado de la misma manera: mezclando un pesticida letal en la comida.

En septiembre de 2018, el patrón estaba preocupado por la rebeldía inesperada de sus peones, a quienes obviamente tenía en negro y les pagaba cuando quería. Casas hacía cinco años que trabajaba en la hacienda y estaba harto de los maltratos y la precarización. Fue a la AFIP y le informaron que su patrón le adeudaba entre 350 mil y 400 mil pesos. Por esa razón decidió denunciarlo.

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Lo mismo le pasaba a Benito Soraire (72), el otro empleado no registrado que tenía el ganadero, aunque con una diferencia sustancial: hacía 33 años que trabajaba para el alemán. Soraire es analfabeto y no tiene familia, una condición que evidentemente el alemán explotó a más no poder. La situación de Casas, en cambio, era distinta porque él sí había trabajado en otras estancias, según consta en los registros de ANSES. Entre 2007 y 2010, por ejemplo, trabajó en las fincas Nogales y San Roque.

Para octubre de 2018, los dos peones vivían en “El Salto”. Ocupaban dos casas bastante distantes entre sí. Entre el 8 y el 15 de ese mes, Soraire y Casas fueron envenenados con carbofurano, un potente agrotóxico que puede causar la muerte en un lapso de entre ocho a diez minutos.

En ambos casos actuó de la misma manera. A Soraire, su empleado más fiel, le llevó un kilo de carne y varios chorizos envenenados. No murió básicamente porque tuvo un Dios aparte: apenas le dio un mordisco percibió un sabor extraño que lo descompuso.

Casas preparó un guiso que compartió con sus dos perros. El resultado fue letal: terminaron los tres muertos. Su cuerpo fue hallado el 22 de octubre en el interior de la casona que ocupaba. Su patrón se presentó en la comisaría de Güemes, la más cercana a la estancia, para reportar su muerte. Dijo que era el único peón que tenía, algo que no era cierto. Ni mencionó la denuncia que había realizado su empleado.

Los policías que revisaron la casa secuestraron el plato de comida que estaba en la mesa del comedor. La autopsia reveló que había fallecido por una falla multiorgánica y los estudios complementarios arrojaron que había sido envenenado con carbofurano, la misma sustancia detectada en el guiso que había consumido antes de morir.

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Aquella reunión secreta de la familia Casas terminaría siendo clave en la investigación, porque fueron los hijos del peón rural los primeros en poner en duda la causa de muerte de su padre. No se creyeron que se había intoxicado tal como había sugerido el patrón. Lo habían envenenado.

Siguiendo esa línea, los investigadores comenzaron a indagar en la situación laboral de la víctima y no les costó confirmar los reiterados abusos de Hartmund.

Cuando supieron que el otro peón también había terminado intoxicado en la misma semana, el fiscal Ramiro Ramos Ossorio amplió la acusación contra “El Alemán”: a la imputación por "homicidio calificado por el uso de veneno u otro elemento insidioso" le sumó la de “homicidio calificado en grado de tentativa”.

Recuerdo del horror

"Yo me he escapado de morir", declaró esta mañana Soraire, en la primera audiencia del juicio oral. "Hartmund me ha metido veneno en la carne. Me había llevado carne de vaca y chorizos. Yo me doy cuenta apenas como la carne porque empecé con mareos, diarrea y vómitos", recordó. "Le dije que me lleve al hospital y me dejó a dos cuadras", amplió. En la declaración explicó además que se dedicaba a regar la alfalfa, aunque aclaró que su patrón nunca le pagó por ello.

En la instrucción, el patrón salteño no sólo negó los cargos sino que sugirió que Casas se suicidó al ingerir el agrotóxico, curiosamente el mismo pesticida letal que casi le provoca la muerte a su otro empleado, a quien se supone intentó matar porque sospechaba que también podía denunciar su condición de explotador.

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La finca "El Salto", propiedad de la familia Theobald, tiene más de 60 hectáreas y está ubicada entre las rutas 9 y 34, en el paraje "Palomitas", a unos 30 kilómetros de la ciudad de Güemes y a 65 de la capital salteña.

En Palomitas viven apenas diez familias. El pueblo es recordado por la masacre del 6 julio de 1976, cuando once presos políticos que estaban detenidos en el penal de villa Las Rosas fueron fusilados en medio de un traslado. Tiene una escuela, una capilla, un centro de salud, una estación de trenes abandonada y un cementerio con unas pocas tumbas. Nada más que eso. Y lógicamente, se conocen todos.

La familia Theobald llegó a la Argentina en los años 80 procedente de Colonia, en el oeste de Alemania. Hartmund es el más chico de cuatro hermanos. Su mellizo Dirk falleció en enero de 2016.

Los Theobald siguen trabajando en la finca, aunque los hijos y la mujer del supuesto envenenador residen en la ciudad de Güemes, donde probablemente sigan con suma atención el juicio que comenzó esta mañana. Por la pandemia, nadie podrá acompañarlo. En la primera audiencia se sentó solo en una fila de tres asientos y escuchó atento la acusación y el testimonio de una de sus víctimas, sabiendo que en caso de ser declarado culpable recibirá la pena máxima: prisión perpetua.

LN/MC